
Hay deseos que se aprenden con los años. No son caprichos, sino obsesiones que el tiempo afina, como se afina el gusto o la memoria. Así entendemos en Chispa el fetichismo: como esa debilidad que sentimos por ciertos ingredientes cuando cada temporada regresan al mercado.
Ese objeto de deseo, estos días, tiene forma vegetal: la flor de calabacín. Aparece sólo durante unas pocas semanas al año, y cuando lo hace, todo en torno a ella se activa.
Nos fascina por su sabor, sí, pero también por su versatilidad. Puede ser alta cocina o callejera, suave perfume o bocado crujiente. Es sencilla y delicada; justamente por eso, potente, poderosa.
Este mes, en Chispa, la flor aparece dos veces. En el menú, se convierte en postre: la trabajamos solo con sus propias partes —pétalos, pistilos, néctar— hasta transformarla en un pequeño universo dulce y sorprendente. Y en carta, se presenta frita y ahumada, como recién salida de una botillería romana, sin perder por ello ni un gramo de elegancia.
Quizá el verdadero fetichismo sea eso: desear con intensidad lo que sabes que no se queda. En la cocina, es entender que el tiempo manda. Pero mientras dura, aquí está nuestro pequeño fetiche vegetal. Deseo cumplido.