Una noche en Londres, un cliente en la mesa nos dijo que este nivel de atrevimiento en los platos no se suele ver aquí. El halago quedó en el aire. No supimos qué responder. Estábamos en Carousel, un restaurante que cambia de piel cada semana, donde las cocinas viajan y los platos hablan otros idiomas.

Ahí, en pleno West End, nos invitaron a montar nuestro Chispa: con otras vajillas, otros fuegos, otra gente. Era Chispa, pero sin su geografía. Descontextualizado.

Cocinar en Londres ha dejado mella. Fue como tocar una canción conocida con instrumentos ajenos. Nos obligó a escucharla de nuevo. A prestar atención. A reaprender.

La ciudad, tan veloz, tan llena de todo, nos empujó a otro ritmo. Desde la cocina abierta —en mitad de la sala— observamos gestos de personas que, en su mayoría, no nos conocían. Y sin embargo, nos escucharon. Nos halagaron, sí. Pero hubo también silencios. Platos que no volvieron vacíos.

También comimos. Mucho. Fuimos a Umo, allí la cocina kaiseki se pliega a la temporada, el equilibrio y la presentación. Era como mirar una naturaleza inventada. Y volvimos —más de una vez— a Kiln, donde el fuego manda sobre una cocina thai, cruda y precisa. El humo flotando nos recordó que el fuego es nuestro idioma también.

Quizá esta experiencia haya abierto una primera grieta por donde, en el futuro, desde esta ciudad inmensa, entre una nueva luz. Quién sabe.

De vuelta en Madrid, con el cuerpo todavía cruzado por las noches largas, salió de golpe un plato que llevábamos semanas rumiando. Carabinero y cabra. Dos vuelcos: primero, la cola del crustáceo curada en mantequilla de cabra; luego, un ravioli relleno de queso con la bisque hecha de su cabeza. Hay algo en ese plato que no estaba antes del viaje. No lo diseñamos allí, pero allí, sin duda, lo encontramos.

Ahora el 2 de agosto comienzan las vacaciones. Tres semanas para detenernos. Acabamos un año estable, con reglas marcadas. Palabras que antes nos daban miedo, y que ahora nos saben a casa. Con ese aplomo ganado, conseguimos mirar más hacia dentro, con honestidad, y desde ahí, proyectarnos hacia fuera.

Londres nos dejó la certeza de que volveremos a salir. Porque esa es la naturaleza de Chispa: desplazarse, absorber, incendiarse un poco y volver. Así seguimos creciendo. En lo profesional, en lo personal… si es que existe tal diferencia.

Ahora, el fuego quedará en pausa. Pero no se apaga. Feliz verano. Nos vemos a la vuelta